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Siempre me ha molestado de sobremanera que cuando ocurre una masacre en un centro educativo, los medios suelen enfocar toda su atención en el asesino, convirtiéndolo casi en una figura de culto. Uno de los ejemplos que más me indignó fue cuando, recientemente, a un editor imbécil de la revista de Rolling Stone se le ocurrió la “brillante” idea de colocar en su portada la imagen de  uno de los coautores del atentado del maratón de Boston, mostrándolo como una estrella de rock. Lo sé, en ese caso no se trata de una masacre escolar, pero ahí vamos construyendo el punto.

Hace algunos años un anormal cuyo nombre ni siquiera vale la pena recordar, llevó a cabo una masacre espantosa en el instituto Virginia Tech de Estados Unidos. Su necesidad de atención era tan grande que, antes y durante la matanza, envió vídeos a diversos canales de televisión, justificando sus acciones. Según varios estudios, usualmente los tiradores escolares buscan esto: atención, ser recordados, incluso como villanos. Por ello considero que cada vez que los medios le dan tanto espacio a tan tristes personajes, aúpan a otros locos a actuar de la misma manera.

Basándome en esto, no pienso darle el más mínimo espacio a tan triste individuo. Hoy haremos un experimento diferente. Hablaremos de uno de los héroes de ese día, alguien que debió haber recibido más atención que el causante de semejante desgracia. Me refiero al profesor de Virginia Tech Liviu Librescu.

Librescu sobrevivió a los campos de trabajo nazis y huyó del dictador rumano Ceaucescu, pero el profesor no pudo escapar de la matanza acaecida en el apacible campus de la universidad de Virginia Tech. Murió a los 76 años protegiendo a sus alumnos mientras bloqueaba con su cuerpo la puerta del aula 204 del edificio Morris, el mismo en el que cada mañana impartía sus clases de matemáticas. Dio así tiempo a sus estudiantes para saltar por las ventanas e impidió el asesino ejecutase a más inocentes. Él, sin embargo, no pudo evitar el impacto mortal de los disparos.

Pocas horas después, los correos electrónicos de la familia del profesor se llenaron de mensajes de agradecimiento de los supervivientes, que, dando testimonio directo, narraron el sacrificio heroico del israelí, precisamente el mismo día en que su país de adopción conmemoraba el Día del Holocausto.

Librescu, de 76 años, tuvo una vida repleta de huidas y persecuciones. Cuando Rumanía, su país natal, se unió al Eje durante la II Guerra Mundial, el joven Liviu fue internado en un campo de trabajo, y después, junto a miles de judíos, enviado al gueto de la ciudad de Focsani.

Sobrevivió a la guerra y al Holocausto, pero su negativa a jurar fidelidad al régimen de Ceaucescu le causó muchos problemas. Trató de emigrar a Israel en los 60, pero sólo lo logró en 1978, gracias a la mediación directa del primer ministro Menachem Begin.

Experto en estructuras compuestas y aeroelasticidad, y con gran prestigio internacional (era el profesor con más publicaciones en la historia de la universidad), dio clases en Rumanía, Israel y desde 1985, en Estados Unidos. “Allí, mi madre y él llevaron una vida simple, en un lugar idílico, entre montañas y colinas y con un trabajo que adoraba”, aseguró su hijo. Sus alumnos le recordarán siempre por su valentía.

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