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El rasgado tenue de la guitarra. Apenas es un susurro brotado de aquellas cuerdas. Mientras ellas suenan, cae una llovizna y entramos en una paz interna. Queremos seguir respirando ese olor único y seductor a tierra mojada. Ese es el ambiente al que nos sumerge José González.

“Decir que José González toca la guitarra es quizás un desatino. Tocar sería un verbo mezquino. La llora, la golpea, la araña, la gime, la llueve, la seduce, la consiente. Pareciera que tocara más con los huesos que con las uñas. Y la va acompañando con su voz, no la más hermosa ni la más agradable ni la más afinada, pero vaya que es un canto que le sale del estómago goteando sentimiento”, dice el escritor venezolano José Urriola en su breve nota El sueco José González, y que aparece en su blog Rostros de viento (2008). De las mejores semblanzas que se han escrito del cantautor sueco de ascendencia argentina.

Poca instrumentación, él solo con su guitarra, alguna percusión menor y el recurso electrónico. Un formato minimalista donde se cuela la evocación del estilo folk de viejos cantautores europeos, estadounidenses o latinoamericanos. Y es que entre las referencias esenciales en la carrera de González, mencionadas por él mismo, se hallan Silvio Rodríguez, Atahualpa Yupanqui, Caetano Veloso y Mercedes Sosa.

Su voz no es nada impactante, todo lo contrario; tímida, baja, pareciera que canta para sí mismo. Es una debilidad convertida en fortaleza. González arrastra las palabras. Cada metáfora va fluyendo en el frío del río, y se va diluyendo, y al final apenas queda un sonido de guitarra que se va esfumando con la espesa niebla.

Su más reciente disco, Vestiges & Claws (2015), es una prueba más de esta senda calmada del cantautor sueco, sin olvidar sus coqueteos pop más evidentes en sus producciones anteriores, incluyendo su proyecto Junip. Pero acá el compositor retomó sus influencias iniciales a través de esos músicos que lo marcaron.

No hay la menor duda, José González es una muestra notable de la canción de autor y de la música de estas dos últimas décadas. Con una propuesta arriesgada, envolvente, sutil, sencilla, poética y, por supuesto, honesta.

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