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“En esta segunda vuelta, la palabra ‘queer’ ha dejado de ser una injuria para pasar a ser un signo de resistencia a la normalización, ha dejado de ser un instrumento de represión social para convertirse en un índice revolucionario”.

Paul B. Preciado.

Todos somos víctimas ignorantes y silentes de la heteronormatividad occidental, de la colonización neoliberal del falo y de la apropiación dictatorial del ano por parte de las políticas globalizadas. Sólo hace falta observar críticamente nuestro derredor y darnos cuenta de las categorizaciones distópicas y monitorizadas que se manejan constantemente entre esas polaridades que parecían haberse desensamblado en los discursos poscoloniales: blanco/negro, hombre/mujer, activo/pasivo, rico/pobre. Dicotomías radicales que encasillan nuestro quehacer y dictaminan un margen de error mucho más amplio que el margen de acción que nos permitimos.

Alex Mercurio

La cultura visual de la que somos herederos nos había permitido devorar, en palabras de Judith Butler, “el travestismo como entretenimiento heterosexual”, que anulaba el riesgo del apetito homosexual. Bastaba ver a Julie Andrews en Víctor, Victoria, a Dustin Hoffman en Tootsie o, más cercano a nuestro caso, a Freddie Mercury en I want to break free. El atrevimiento y la impugnación de la corporalidad como territorio político inherente al individuo ha sido el terreno de batalla desde la revolución feminista, haciendo uso del género como punta de lanza y de la heterosexualidad burguesa como enemigo del pensamiento utópico.

Es entonces cuando la caracterización del irreverente y el desafío de las reglas autoimpuestas por un sistema capitalista masculinizado es no sólo utilitario, sino necesario. Así pues, cuando Alex Mercurio (Santa Cruz de Tenerife) adopta el slogan: No di la talla como hombre y me puse un vestido, se transforma automáticamente en una evidencia histórica y palpable de la definición de queer por Preciado como “post-homosexual”. Ya no importa la genitalización del sexo ni la estricta separación de los servicios en damas y caballeros, ahora existe la posibilidad de transitar libremente entre las categorías, en un impulso “post-identitario” de autosatisfacción, explotando todos los recursos en el cuore del capitalismo salvaje.

Alex Mercurio

Alex es, sin duda, el ejemplo más digno de la apropiación del lenguaje femenino, a partir de la masculinidad homosexual que pretende democratizar los elementos categóricos (barba, vestido, tacón) y traducirlos en elementos pertenecientes a un universo público y, por ende, al alcance de todos. Y es esta universalidad la que ha colindado con el amarillismo de las redes sociales, pero que no se ve excluido del lenguaje estético transparente que se percibe a través del lente de Antonio Amador. De hecho, es tan palpable, que antes de asociar el Mercurio con el Mercury de Queen, tendemos a inclinarnos más por la metafísica del elemento, su fluidez y su elasticidad, alejándonos de la determinación de género, en un honor sublime a la reinvención propulsada por Bowie que cambió nuestra historia para siempre.

No queda más que aplaudir de pie la transformación de los lenguajes estéticos por parte de Mercurio, su capacidad camaleónica de demostrarnos una vez más, que nada es lo que parece y que cualquier perspectiva radical está, desde el principio, equivocada.
Alex Mercurio

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